Presupuestar por horas sin cobrar por hora

Los romanos no cobraban por horas. Ni Leonardo DaVinci. Ni Mozart.

La idea de cobrar por horas de trabajo empezó popularizarse en América en la década de los 50, cuando la Asociación de Abogados de Estados Unidos constató una estrepitosa bajada de los ingresos de sus asociados, que cayeron por debajo de los de médicos y otros profesionales liberales.

La Asociación publicó el informe, “Abogados de 1958, Ingresos de 1938", que defendía que el sector debería abandonar el sistema de facturación de ‘honorarios por proyecto’ y tratar de imitar los más rentables procedimientos de la fabricación en serie: “Es muy sencillo, igual que las fábricas venden productos –unidades contables– los abogados deben vender sus servicios de forma sencilla, por unidades contables”

La propuesta de cobrar por horas permitiría, tanto a un abogado individual como a una empresa con personal a sueldo, controlar su productividad y su rentabilidad como en una fábrica: hora trabajada, hora facturada.

 

Para profesionales del conocimiento, cobrar por horas parecía imposible

Hasta entonces, para abogados, consultores, diseñadores y otros profesionales del conocimiento, cobrar por horas parecía imposible. En una actividad en la que además de técnica intervienen el conocimiento y la inspiración, el tiempo no podía ser una medida fiable sobre el valor de un trabajo.

Sin embargo, todos ellos pagaban muchas cosas por horas. Si tenían ayudantes, les pagaban 8 horas al día, o 40h a la semana o 1700h al año. Si alquilaban oficina, pagaban 24 al día o 725h al mes o 6.670h al año.

Nada ha cambiado desde entonces. El hosting, la adsl y el abono transportes se pagan por un plazo divisible en horas. Incluso el mac, el coche o de sillón en el que estoy sentado entrañan un coste / hora, desde el día de su compra hasta que deja de usarse definitivamente.

Las jóvenes generaciones de abogados que pusieron en práctica esta filosofía, pasaron de trabajar en un mercado súper competitivo, que les obligaba a constantes bajadas de precios y a trabajar noches y fines de semana obteniendo rentabilidades mínimas, a uno en el que formaron una especie de élite social que ponía normas y definía tendencias. Muchos profesionales de otros sectores, aprendieron la lección y corrieron a aplicar este sistema.

Sumando todos nuestros costes y dividiéndolos por las horas de trabajo al año, conocemos nuestro coste hora. Y multiplicándolo por las horas que dedicamos a un proyecto podemos saber cuánto dinero nos ha costado hacerlo.

Mi peluquero tampoco cobra por el tiempo que está cortándome el pelo, simplemente sabe que mucha gente esta dispuesta a pagarle 15€ por un corte de pelo y que, a una media de 15 minutos por cabeza y 15 personas al día, con esa cantidad conseguirá suficiente para pagar los gastos y sacarse un buen sueldo.

Gracias a Orquesta, en Dríade.Co llevamos muchos años controlando nuestros costes y registrando el tiempo que dedicamos a cada trabajo.

Sabemos, de media, el tiempo que suele necesitar un marca, un póster o una campaña y por tanto sabemos cuánto nos cuesta. Así podemos calcular precios cerrados y estables y hacer presupuestos con rapidez.

Antes dábamos mil vueltas a cada presupuesto, intentando determinar si al cliente le parecería caro o barato, si cubriríamos gastos o si ganaríamos dinero. Ahora los solventamos en 15 minutos y siempre hay consistencia de un presupuesto a otro. Unas veces obtenemos más margen y otras menos pero tenemos una guía para saberlo dentro de un sistema fácil de usar. Y, sobre todo, hemos aprendido a no perder dinero con unos de los peores enemigos del diseño: los cambios del cliente.